La noche - la mismísima -
no arde como los vivos. Sacude su piel inerte
y una carne violácea resurge, casi accidental, de los escombros.
Quema hondo; quema lento.
Quema irracional, turbulenta, inhumana.
Repugnante pardeza lo impregna todo, los absolutos:
óxido brota en los clavos. El negro-sobre-blanco de las palabras
es fundido. Una masa informe que huele a sangre-en-barro,
a muerte-en-soledad, sin honra, a todas las muertes no lloradas.
Arder - espectacularmente - es privilegio de los vivos, de los
desbocadamente vivos, de hecho. De los rabiosos, de los que plañen;
testas rituales, de oro y de pecado. Y es con esmero siempre
que avivamos nuestros fuegos.
Espirales infinitas de fulgor variocolor. Fugaces sine die,
la abolición del tiempo erige su ministerio. Truenos,
trompetas, fin-del-mundo. Viaje rotundamente concluso.
La inconclusión es insalvable, ¿sabes? Personaliza nuestra miseria:
sugiere un juguete injugable, un frío afirmativo más allá
de la ausencia de calor, que no podemos pensar ni decir ni tocar;
tumbas de aire, coronadas por humo, que ascienden al reino de ningún Dios.
